Por Roy L. Jacob

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martes, 22 de marzo de 2016

Los espectros del Gran Otro en análisis

Roy L. Jacob

Los espectros del Gran Otro en análisis

   La idea para este trabajo parte de un tema de numerosos pliegues, nódulo de resistencia en el análisis, que si bien fue trazado por Lacan, es retomado por Jean Allouch en su libro titulado “Prisioneros del Gran Otro. La injerencia divina I”. Allí Allouch recordará  el juego propuesto a los prisioneros en el texto de Lacan “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada” y comparará al Gran Otro con una “prisión” de la cual se sale a través de un acto.

   Esa prisión  sin director ni guardias – no se necesitan en absoluto – ahora diría es la del Gran Otro o, más precisamente un Gran Otro que habita uno de los fantasmas de Dios. Puesto que Dios, desde que se proclamara su muerte con Nietzsche, no deja de persistir en la existencia bajo esa forma fantasmal desplegada en múltiples versiones.
Se objetará que en determinado momento de su trayectoria Lacan llegó a decir que el Otro no existe. Por lo tanto ¿había existido hasta entonces? Sin duda alguna. No obstante esa declaración, que además debió reiterar y comentar numerosas veces, no le puso término a su existencia (…) Acceder a la inexistencia del Otro no es fácil. Se trata de una salida, del cierre de un recorrido subjetivo que, para algunos, se desprende del análisis, que para otros se da por otras vías y que, para otros más, sencillamente no se da.[1]

   También dirá: “Hay fantasmas del Dios muerto que frecuentan determinados lugares estratégicos del análisis, inhibiendo su exploración, perturbando el ejercicio analítico que por ello fracasa.” [2]
   Ésta aseveración abre una pregunta: ¿Cuáles son esos fantasmas del Gran Otro que obstaculizan un análisis?
   Si Allouch menciona a la salida del Otro como aquello metaforizado por una cárcel, (eso sí, una cárcel peculiar) es porque lo que se pone en juego en el análisis es una determinada relación del sujeto con el Otro.
   En un texto presentado en la Reunión Lacanoamericana[3] intenté asomarme al modo  en que el ser hablante habita el denominado campo del Otro  (en tanto que este último existe, aún, cada vez) tomando un rasgo particular: la culpa. Allí concluía: la culpa es uno de los tributos, uno de los impuestos, que el sujeto tiene que pagarle al Gran Otro por el hecho de que éste lo ha alojado en su seno. Esto no es algo novedoso y Lacan insistió mucho en la posición del súbdito, del esclavo, e incluso de los hablantes como prisioneros del lenguaje. Acordamos: prisioneros del Gran Otro. En aquel texto también pensaba una salida: el análisis (pero ¿solo el análisis?) como aquello que le permitiría a alguien devenir “autor”, partir de la materia prima del Otro y hacer con eso otra cosa.  No solo que sea dicho en los significantes un decir propio que desconoce, sino acercarse a una posición ética respecto al decir: “yo dije eso”.
   Esas pequeñas conclusiones hoy me sirven como punto de partida para una nueva interrogación: si ser autor es poder tomar esa materia prima como propia para poder hacer algo con eso ¿hace falta un avance en el análisis para pensar que luego habría una salida? ¿Qué podría obstaculizarlo?
   No es este un trabajo que plantee el modo en el cual se sale de un análisis. No es un trabajo sobre el fin de análisis (aunque esté en el horizonte). Es un trabajo sobre los atolladeros que encontrará Teseo para salir del laberinto del Gran Otro, sobre las presencias divinas que asaltarán su mente mientras recorre esos pasillos infinitos, sobre el hilo que se pierde en la espesura de la oscuridad.

Por el lado de la Historia.

   Según la versión extendida del duelo para Allouch, harto simplificada aquí, es necesario que el doliente, para realizar efectivamente el duelo, pueda dejar que se pierda con el muerto, un trozo de sí mismo. Hipótesis de la segunda muerte que recorrerá algunos libros del mencionado autor[4], y que parte de la idea lacaniana del entre-dos-muertes; entre la primera y la segunda muerte lo que queda es un fantasma (un espectro digamos).
   ¿Cuál es ese trozo de sí mismo que permitiría al doliente del Gran Otro enterrarlo definitivamente sin que sus fantasmas lo asalten sin cesar? Allouch responde: los Grandes Relatos (religiosos, políticos, históricos, filosóficos, culturales, personales, etc.)

   También es lo que realiza el analizante al final del recorrido analítico: Ahí se encuentra despojado de toda veleidad, de toda preocupación por construirse una historia, es decir, por construirse como historia, porque eso sencillamente ya no le interesa, ya no importa. [5]

   Entonces partimos de la historia y retomamos nuestro tema: ¿de qué modo “la historia”, en tanto susceptible de encarnar una manifestación del Gran Otro, puede devenir obstáculo en la cura?
   La historia puede cobrar matiz de gran Otro en tanto se convierte en una historia total, cuyas lagunas hay que llenar. Este era, al parecer, uno de los objetivos del psicoanálisis en sus inicios: rellenar lagunas, cancelar represiones, hacer consiente lo inconsciente. Ahora bien, esto es correlativo de una cierta noción de lo inconsciente: “El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado”. [6]
   Pero Lacan dará varias definiciones del inconsciente, y en el seminario 24 dirá que es la “Unebevue” (Une – bevue: una equivocación, se asemeja a nivel sonoro con Unbewusste: Inconsciente, en alemán).
   La equivocación va en contra de la historia: ninguna historia puede darle un sentido convincente a la equivocación, y a su vez la equivocación agrieta la historia. Cuando alguien se equivoca en análisis, su historia se derrama un poco, eso que quería decir ya no es, se ha perforado la historia, no solo aparece un espacio en blanco, un agujero (Unbewusste), sino que esa equivocación ha dejado de remitir a un sentido, ha perdido su referente. Si alguien, en análisis, puede tolerar esa pérdida de referente y puede dejar advenir algo de lo “diverso”, entonces se encuentra con que aquello ya no es una historia, ya no es una, ahora será diversa. Pues lo que surja será una cuestión no ya de sentido sino de significante. El significante apunta a lo diverso pues, digámoslo con una frase ultra consabida, en tanto tal no significa nada, sino en tanto es susceptible de condensar (o de desplazar) para un sujeto una pluralidad de significados.
   Lacan explica de un modo muy claro la manera en que actúan estas técnicas del significante con el ejemplo de la formación de la palabra “aterrado”[7]. En un principio “a- terrado” significaba abatido (en la tierra),  y solo por una suerte de entrecruzamiento con la palabra “terror” (pues comparten terr) es que adquiere el significado que actualmente le damos, es decir “presa del miedo”. Pero a su vez la palabra “aterrado” continúa conservando algo de su antiguo sentido, pues el que está aterrado está abatido, cerca de la tierra. Se comprende como la articulación significante se da por el lado de las homonimias, los desplazamientos, las condensaciones, es decir por lo más carente de sentido. [8]
   Pero si “odio” deja de ser un afecto que me asalta y deviene una pregunta “¿o dio?” o gira hacia la invocación a un Gran Otro “Oh Dios” ¿qué ocurre en análisis con la una-equivocación que sumerge en lo diverso a aquel que habla? Hay una pérdida del goce del referente, del goce de la buena historia, entonces queda la angustia. La pérdida del referente discursivo genera angustia porque toca inevitablemente la dimensión del ser, pues si “odio” ya no es “mi odio” entonces ¿yo quién soy?
   Vamos tras la pista de uno de los fantasmas del Gran Otro que puede representar un obstáculo para el análisis: puede ser que el goce de la buena historia, que el placer por el referente discursivo, no se pueda poner en cuestión.  Y esto por el hecho de que, aunque pague caro mi lugar en el Otro, al menos tengo uno. “Se sigue siendo prisionero del Gran Otro tanto más abiertamente en la medida en que ello lo mantiene a uno en una determinada manera de existencia”. [9]
   Y si el alivio de mis síntomas tengo que pagarlo con una pérdida de mi historia como una historia una, con la pérdida de mi forma de existir para el Otro, o con la variación de ésta, es posible que no tolere la pérdida del referente, y este sea un indicador clínico de las posibilidades u obstáculos para que se pueda dar un análisis.  
Sin embargo:

No se trata de decirle a cualquiera que se extravía al intentar considerar su vida como historia, al hacer, decir, escribir su historia. Especialmente en análisis, dichos momentos de “construcción” pueden ser decisivos,  lo que no implica que uno se aferre a eso. [10]

Y con Lacan:
La Historia, precisamente, está hecha para darnos la idea de que algún sentido tiene. Por el contrario, la primera cosa que debemos hacer es partir de lo siguiente: que estamos frente a un decir, que es el decir de otro, quien nos cuenta sus necedades, sus apuros, sus impedimentos, sus emociones, y que es ahí donde hay que leerse ¿qué? Nada que no sea los efectos de estos decires.[11]

  Pronunciado por Lacan en el seminario Aún, inmediatamente luego de decir que el lugar del Gran Otro es el único lugar que le podemos asignar al ser divino, a Dios, armando una suerte de chiste para decir que Dios es el lugar donde se produce el “Dieur” (Dieu: Dios; dire: decir) “Por poco, el decir se hace Dios. Y en tanto se diga algo, allí estará la hipótesis de Dios”[12].
   Entonces, el primer fantasma del Gran Otro que puede obstaculizar un análisis se nos aparece bajo la forma de la Historia, sea como sea que ésta sea considerada en tanto que historia una; y por lo tanto una estasis de las versiones que son las historias, un modo de aferrarse al uni-verso, a la versión única del texto que así se juega, por lo tanto un rechazo de lo di-verso, que adquirirá en las entrevistas con una persona modalidades más o menos estables, y que decidirá la posibilidad o no de que alguien pueda darle forma a una demanda de análisis.
   Por qué no pensar, con Allouch y  Lacan,  que quizá habrá personas que asistan a un tratamiento analítico, que no será un análisis por la imposibilidad de salir de la Historia una, donde la posibilidad de hacer escuchar, de delimitar, de “construir” aspectos de esa Historia, los alivie, los modifique, se las haga, tal vez, menos pesada.

No aceptar el juego del Otro.

    Un estudiante de sociología un día decide no levantarse, no ir a rendir sus exámenes, dejar de estudiar, de frecuentar a sus amigos, de hacer lo que hace siempre. Comienza a quitarle pasión a sus acciones, a quitarle el adjetivo y a quedarse solo con el infinitivo: dormir, comer, caminar, andar, mirar… deambular. Poco a poco comienza a enajenarse de todo lo que era signo para él: su ropa será solo vestimenta, su comida solo comida, sus paseos solo paseos. Todo eso que antes lo representaba tan bien, ya deja de representarlo. “Un hombre que duerme” de Georges Pérec.
   Atrevernos: no ha sometido al Gran Otro a la segunda muerte, se ha sometido el mismo; estado que Pérec denomina “Indiferencia”, y que se asemeja al asceta en búsqueda de un grado cero del deseo (y del goce).

   La indiferencia disuelve el lenguaje, enturbia los signos. Eres paciente y no esperas, eres libre y no eliges, estás disponible y nada te moviliza. No pides nada, no exiges nada, no te impones nada. Oyes sin escuchar, ves sin mirar: las grietas de los techos, las tablillas de los parquets, el diseño de los baldosines, las arrugas que rodean tus ojos, los árboles, el agua, las piedras, los coches que pasan, las nubes que dibujan en el cielo formas de nubes… Nada se te escapa, pero todo lo captas demasiado tarde, siempre demasiado tarde, las sombras, los reflejos, los fallos, los quites, las sonrisas, los bostezos, la fatiga, el abandono. [13]

   No obstante “la indiferencia no le había dejado indiferente”, es solo una búsqueda, pronto el deseo se come las uñas y de los dedos brota sangre. Vuelve el eros, y con él la desgracia. Noches sin dormir.  Has perdido tus poderes. La indiferencia es inútil. Tu rechazo es inútil.[14]
   Ese deseo que  fue mal- tratado, desplazado, postergado, cercado, fustigado, recae sobre el sujeto como un rayo, bajo la marca de la desgracia. Así, no hay salida.
   En otras palabras, no se puede matar al deseo para salir del Gran Otro; el deseo volverá una y otra vez para susurrarnos al oído.
   Lo que esto viene a plantear en última instancia es que la palabra no vale nada sin el eros (“la indiferencia disuelve el lenguaje”). Es decir es humana en tanto erógena, lo que da supremacía a la transferencia por sobre la interpretación.

La Comunión.

  Del latín communio, el término comunión se refiere a participar de lo común, la común unión con el otro, e incluso con cierto aspecto del Gran Otro, por ejemplo en la comunión espiritual o sacramental, donde lo que se busca es la unión de los espíritus con Dios, a través de la oración en el primero y a través de la eucaristía en el segundo.
    También la comunión es la expresión que utiliza el católico para hablar de un estado particular en el que no solo percibe esa unión espiritual con Dios, sino además también con otros miembros de la Iglesia, a los cuales supone la misma comunión. Ésta es llamada “Comunión de los santos”.
    No es inusual que al volver de esos estados el católico sienta una incierta desazón y surjan a su vez todo tipo de malentendidos entre los comulgados. Pues ¿cómo se puede estar en lo común sin que lo común sea complejizado por el dos?
   El neurótico es como el parroquiano, pertenece a la iglesia del “sentido común”. Ese sentido común  es el de la significación fálica.
   Cito a Miguel Ferrero en su clase del 06-04-2013:

   El inconsciente ¿qué es? es el trabajo de alcanzar al Otro, el trabajo de cubrir la falta. ¿Qué es el sujeto del inconsciente? Esto está dicho en el seminario de La Angustia: es el trabajo de alcanzar al Otro. Una definición privilegiada del inconsciente. Es el trabajo, vía sustitución y desplazamiento, de lograr el significante falo que completaría, de tenerlo o de serlo, al Otro, y haría, en mi relación con el otro, de dos, uno. Entonces el inconsciente no es nada lindo que nos ocurre, nos ocurre por el hecho de haber nacido en un medio de hablantes donde la posibilidad de un referente definitivo y único está perdido, donde no hay palabra que sea el falo, que nombre exactamente lo que falta para que hagamos de dos, uno. O sea no hay significante fálico, pero todas las palabras tienden a eso, a encontrar el significante fálico, por eso hablamos de significación fálica.[15]

   El neurótico parroquiano, se sostiene del sentido común que le otorga la Santísima Iglesia de los “pertenecientes a la orden del sentido sexual”. Ahora bien, es este también quién podrá devenir analizante. Leamos de cerca las palabras de Ferrero y saquemos dos postulados:
1-       El Inconsciente nos ocurre porque nacimos en un “medio de hablantes”. Es una frase muy cuidada. No dice que nos ocurre porque fuimos llamados por el Gran Otro, o porque dependemos de un lugar Otro que nos antecedía. Un medio de hablantes es: en medio de los hablantes, entre los otros que hablan, que no poseen algo y que lo buscan.
2-      Hay una ilusión, entre esos que hablan, de que podría haber algo, que de ser encontrado sería la comunión con el falo, y que por el solo hecho de ser buscado ya engendra un determinado lugar: el Gran Otro. En otras palabras, los parroquianos buscan a Dios, porque no pueden encontrarlo, porque se les escapa, porque lo buscan aunque crean que está en todos lados y no está en ninguno, y porque lo buscan, lo crean.

   Está formulado en ese decir de Ferrero un postulado del psicoanálisis: el Otro no existe. “No, el Otro no habla primero. Y no, no existe, cualquiera sea el nombre que se le dé (Ser, Dios, Padre, Jacques Lacan)”[16].
   ¿Cuál es el obstáculo que representa para la cura analítica este fantasma del Otro (puesto que no existe y solo es presencia fantasmal) encarnado en la pretendida comunión?
   Respuesta uno: que se vuelva rígido en la transferencia, que no se pueda conmover esa posición sacrificial del hijo hacia el Padre, tan clara en la pregunta de la cruz “Padre ¿por qué me has abandonado?” Si ese no es un llamado a la existencia, a que alguien no lo abandone,  ¿qué clase de llamado es?

(…) ese llamado, aunque sea del amor al amor, tampoco podría ser recibido en al análisis como si regulase la cuestión del amor de transferencia, y especialmente en la medida en que excluye el odio. Más exactamente, lo excluye situándolo (sin decirlo) en un solo y único acontecimiento que de alguna manera absorbe cualquier odio posible, un acontecimiento donde el Hijo goza al ser maltratado por su Padre. El análisis no podría admitir que para cada uno todo se juegue en la relación de ese Padre con ese Hijo, y tampoco que esa escena perversa (Allouch se refiere al odio de Dios en la crucifixión y al goce del Hijo) deba ser recibida como un don. Ese gran Relato se erige contra lo diverso, con lo cual se relaciona el análisis.[17]

   Respuesta dos: que haya enamoramiento. Pues en el enamoramiento la ilusión de que habría algo que se busca ya no está, se accede a la ilusión de una pretendida comunión. Por eso Ferrero va a tomar una de las frases que da título al seminario 24 de Lacan “El fracaso del inconsciente es el amor”. En el amor pasión se pierde el trabajo del inconsciente, ese esfuerzo de intentar alcanzar al Otro a través de los significantes.[18]
   Digamos que el enamorado es alguien que puede hacer de su relación con el Otro un “ídolo”, un objeto puntual de culto y veneración, algo que contiene la divinidad en su presencia, un descenso a tierra de ese Gran Otro convertido ahora en algo cercano y accesible. No es que el Otro deje de existir sino que es ahora un pequeño otro muy puntual quién lo encarna. Por eso el objeto es susceptible de todas las veneraciones e idolatrías.
   Frente a amores así no hay posibilidades de análisis.
  

Preguntas que retumban en el silencio

   Hemos atravesado la experiencia de la escritura en búsqueda de algunas respuestas locales, puntuales, al problema delimitado aquí: los espectros del Gran Otro que vuelven dificultoso el análisis. Hemos dado con dos: la Historia y la Comunión. Y lo hemos hecho a través de la mixtura de dos experiencias, por un lado la lectura del libro de Allouch titulado “Prisioneros del Gran Otro”, texto que nos ha aportado las bases conceptuales y epistemológicas para pensar “La Historia”,  “lo diverso”, y sobre todo lo que ocurre con la noción del Gran Otro en los diversos recorridos de Lacan; por otra parte la revisión de las clases de Miguel Ferrero en el seminario “Posibilidades y obstáculos en la clínica psicoanalítica”, que le imprimieron al presente texto coloraciones clínicas. Esa mixtura genera una pincelada, que corre a exclusiva cuenta del autor del presente escrito.
   Estos fantasmas, sin ser todos pues habrá otros seguramente, pueden (y de hecho lo hacen) obstaculizar definitivamente un análisis, pero también pueden ser sorteados. De eso dependerá que haya posibilidades o no de un análisis. De nada vale colocar sobre estos fantasmas un acento negativo, son producto de la estructura, por lo tanto la figura del parroquiano, que tomamos como metáfora del neurótico, es también la de aquel que podrá ocupar el lugar de analizante, en tanto que pueda poner en entre-dicho esos fantasmas, con el grado de “herejía” que eso supone.
   Quedan preguntas nuevas, nuevos puntos de partida. La escritura es un modo de praxis, es aquella que Lacan nombrara en el seminario R.S.I. (que por otra parte consuena con “hérésie”, herejía) siendo el analista al menos dos, aquel que tiene efectos y el que a esos efectos los teoriza. Esa escritura llegará, estimo, tanto como pueda ese analista haber avanzado en su propio análisis y en su formación.
   Quedan preguntas entonces, preguntas que se vacían en el viento.









Bibliografía

ALLOUCH, Jean: Prisioneros del Gran Otro. La injerencia divina I. Buenos Aires 2013. 1era. Edición. Editorial El cuenco de plata.

FERRERO, Miguel. Seminario Posibilidades y obstáculos en la clínica psicoanalítica. Maestría en Psicoanálisis.

LACAN, Jacques. Escritos I. Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. Buenos Aires 2005. 2da. Edición. Editorial SigloXXI.

LACAN, Jacques El Seminario libro 5 Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires 2004  1era. Edición, 5ta. Reimpresión. Ed.: Paidós.

LACAN, Jacques El Seminario libro 20 Aun. Buenos Aires 2004  1era. Edición, 5ta. Reimpresión. Ed.: Paidós.





[1] ALLOUCH, Jean: Prisioneros del Gran Otro. La injerencia divina I. Pag.: 8. Buenos Aires 2013. 1era. Edición. Editorial El cuenco de plata.
[2] Ibid., contratapa.
[3] Disponible en http://lacano2013.org/docs/Jacob%20Roy%20L..pdf
[4] La muerte física de un cuerpo  no señala su muerte, solo su desaparición. La muerte segunda solo sobreviene cuando se han borrado todos los restos que le subsistieron, cuando en la tumba se borre el nombre, se cubra de polvo, se desgrane. Nada quedará entonces.
[5] Ibid., pag. 24.
[6] LACAN, Jacques. Escritos I. Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. Pág.: 251. Buenos Aires 2005. 2da. Edición. Editorial SigloXXI.


[8] LACAN, Jacques El Seminario libro 5 Las formaciones del inconsciente. Pág.: 34-37. Buenos Aires 2004  1era. Edición, 5ta. Reimpresión. Ed.: Paidós.
[9] ALLOUCH, Jean: Prisioneros del Gran Otro. La injerencia divina I. Pag.: 8. Buenos Aires 2013. 1era. Edición. Editorial El cuenco de plata.

[10] Ibid., pág. 27
[11] LACAN, Jacques El Seminario libro 20 Aun. Pág.: 59. Buenos Aires 2004  1era. Edición, 5ta. Reimpresión. Ed.: Paidós.
[12] Ibid., pag 59. Asignarle al ser divino el lugar del Otro no es equiparable a decir que el Otro es el ser divino. Y en todo caso no será el “Dios de todos” de los cristianos, sino el Dios de cada uno, el que cada uno hace ex - sistir por el hecho de que habla (dice).
[13] PÉREC, Georges. Un homme qui dort. Dirigida por Bernard Queysanne. Francia. 1976. Accesible en http://www.youtube.com/watch?v=moEKNyCBaes
[14] Han insistido las ganas de realizar la escansión obvia: in-diferencia. Sutilmente, en voz baja, nota al pié.
[15] FERRERO, Miguel. Seminario Posibilidades y obstáculos en la clínica psicoanalítica. Clase del 06-04-2013. El resaltado es nuestro.
[16] ALLOUCH, Jean: Prisioneros del Gran Otro. La injerencia divina I. Pag.: 66. Buenos Aires 2013. 1era. Edición. Editorial El cuenco de plata.

[17] Ibid., pág. 109
[18] FERRERO, Miguel. Seminario “Posibilidades y obstáculos en la clínica psicoanalítica”. Clase del 06-04-2013.

Una práctica de duelo


Roy L. Jacob
Introducción:
Entre los múltiples campos de saber (médico, psicoanalítico, filosófico, antropológico,etc) hay entrecruzamientos, préstamos, apropiaciones conceptuales, problemas e innovaciones comunes. Sin embargo es necesario pensar cuáles son los problemas que tendrán lugar en el seno de un determinado campo de saber y cuáles no.
Consideramos que revisar la noción de clínica dentro del campo freudiano es un problema que resulta no solo pertinente sino también fecundo en tanto que arrastra consigo una serie de interrogantes, a saber: la pertinencia de nominaciones tales como “patología”, “paciente”, “diagnóstico”, “tipos clínicos”, “estructuras clínicas”.
Estas denominaciones son actualmente objeto de fuertes interrogantes por parte de un grupo de psicoanalistas implicados en la revisión genealógica de las nociones heredadas. Entre ellos cabe destacarse los trabajos de Jean Allouch y Guy Le Gaufey, así como en general los trabajos de la Ecolelacanienne de psychanalyse.
Por otro lado diversas publicaciones actuales planteanla necesidad de barrer con la pasión clasificatoria de la psiquiatría, pero insisten en sostener para el psicoanálisis una diferencia diagnóstica que se pueda reducir al menos a un mínimo binario: neurosis y psicosis.
Según diversos autores ésta diferencia tajante responde no solo a manifestaciones fenoménica sino estructurales. Estas manifestaciones estructurales remiten a lo que permanece oculto detrás del signo fenoménico, y que el buen clínico debe saber diferenciar (Mordoh, 2007; Machado Romero, 2008)
Abordaremos las consecuencias que ha tenido para el campo freudiano el hecho de que se conserve en su médula ésta serie de nociones heredadas.

La noción de clínica.
El término “clínica”, tan extendido en el campo de la psicología y del psicoanálisis, provienede la medicina. La palabra tiene su origen en el griego kliní, que significa lecho o cama, a los márgenes del cual el médico contemplaba a su enfermo y lo asistía.
Hay una clínica que data desde la antigüedad: algunos seres humanos decidieron acercarse allí donde los enfermos convalecían a los fines de observar, hipotetizar y verificar, para luego aliviar el sufrimiento. En ese entonces los signos de la enfermedad eran tomados como prueba inexorable de la presencia de un mal,pérfido, confuso, silencioso.
Foucault (1963) afirma que a partir del siglo XVIII el término clínica comienza a tomar una consistencia diferente del que tenía en la antigüedad. El autor pone de relieve un nuevo orden en la mirada médica que  produce a la clínica moderna.  Se tratará de una mirada que destaca y diferencia los signos y síntomas, para arrancar a la enfermedad de su oscuridad. La mirada médica vuelve a la enfermedad penetrable. Al mismo tiempo que la enfermedad se ofrece a la mirada médica, ésta la constituye como tal.
Esta estructura perceptiva confecciona y establece semejanzas y diferencias dentro de determinados cuadros o entes abstractos denominados “enfermedades”.
Le Gaufey(2004) plantea que ésta estructura forma parte de una concepción “alfabética” de la enfermedad que establece un nexo entre la semiología médica y la semiótica general.
Esta concepción alfabética toma su modelo de un sistema más extenso que tiene lugar a partir del  siglo XVII: elde la clasificación botánica, que ordena a partir de ciertas formas constantes, de ciertos rasgos comunes a diferentes especímenes del reino vegetal, las heterogeneidades irreductibles que cada uno presenta y que puede percibir cualquier observador.
No se trata ya de describir al infinito las diferencias sino de encontrar la batería mínima cuyos términos se encontrarían en todas las manifestaciones visibles. A nivel clínico esto implica la separación de los elementos fundamentales que permiten luego construir las enfermedades.
El diagnóstico, del griego diagnostikós, es entonces la buena percepción de esos elementos fundamentales que le permite al clínico establecer una conclusión hipotética sobre la naturaleza de la enfermedad. El buen alumno debe aprender a diferenciar estos signos y síntomas que constituyen el alfabeto clínico. Debe ser lo suficientemente sagaz como para no confundirlos, lo suficientemente lúcido como para no dejarse embaucar.
Pero será necesario,para arribar a la noción de clínica tal como se la practica en la actualidad, dar un paso que supere el esencialismo de las enfermedades y su ubicación dentro de una nosografía determinada. Le Gaufey (2004) plantea que éste paso lo dará el médico francés François Broussais, explicando las enfermedades a partir de la irritación y la lesión de un órgano. Se establece así un pasaje del signo como un componente de un cuadro nosográfico, a la ubicacióndel signo dentro del espaciodel cuerpo, como efecto de la lesión de un tejido, y esto le permiten a Broussais despojarse de las enfermedades como entes metafísicos (Le Gaufey, 2004).
Tenemos desde entonces un espacio en el cuerpo, una lesión y esa lesión una causa. Cuerpo, lesión y causa forman la base de esta nueva clínica. Su modelo será entonces el “modelo lesional”.
Este modelo es necesario y vital para la medicina. Pero ¿Qué consecuencias tiene esta concepción de “clínica” para el campo analítico? ¿Es posible que pueda extrapolarse casi inmutable hacia otros campos del saber? ¿Es dable sostener, bajo la bandera de la polisemia de las palabras, nociones y términos que provienen de prácticas disímiles?
La psicología llamada clínica, en crecimiento paralelo con su hermana mayor, la psiquiatría, no ha dado hasta el momento muestras de recusar la “teoría lesional”. La suplantación del antiguo término de “neurosis” por el nuevo de “trastorno” no hace más que confirmar la supervivencia de este modelo en el interior de su campo de saber.
La psiquiatría psicofarmacológica lo prosigue sin miramientos bajo la antigua pretensión de  que su disciplina al fin se inscriba dentro de la ciencia: se trata de localizar con exactitud aquel determinado neurotransmisor que está en falta, en detrimento o afectado en su función. Intenta ajustarse al modelo lesional de la medicina anatomo patológica: la lesión se encuentra a nivel neurobiológico, a nivel de la transmisión neurosináptica. Mapas cerebrales, estudios genéticos, y medición de metabolitos intentan dar cuerpo a éstas hipótesis. La terapéutica de ésta clínica psiquiátrica consiste en restituir, reparar o favorecer el tejido lesionado.
Esta unificación de campos de saber absolutamente diferenciados no estaba en el pensamiento griego. Foucault (1982) retoma las indicaciones de Filón de Alejandría: los terapeutas (cuya práctica se denomina therapeutiké) se ocupan del alma, así como los médicos (cuya práctica se denomina iatriké) se ocupan del cuerpo. La terapéutica es una práctica ligada al cuidado de sí. Cuidado del ser y cuidado del alma.
Entonces ¿Sostener el término “clínica” no es sostener también la teoría lesional?¿Ha podido el psicoanálisis cuestionarla para el interior de su campo?

La intromisión de Freud
Si así fuera tiene que haber provenido de Freud, quiénfuera su inventor, la primera separación con el modelo anatomo-clínico. Allouch (1984) propone que Freud, enel terreno inaugural del psicoanálisis, es decir dentro lo que se ha denominado “histeria”, produce un corte respecto al modelo planteado por Charcot, modelo que nombra a la histeria como “enfermedad funcional”, ya que la lesión no es localizable en la autopsia.Freud abandona en primera medida éste modelo, dónde aún persistía la idea de una lesión oculta, que se revelaría con la ciencia futura. Pero también más tarde abandonará la teoría formulada junto a Joseph Breuer en “Estudios sobre la histeria” donde ubica al trauma sexual como causa. Es decir, no solo renuncia a buscar una lesión que dé cuenta de la patología sino que también renuncia a ubicar el trauma como causa (Allouch, 1993).
Le Gaufey (2004) plantea que Freud renuncia incluso a ubicar la lesión en el “tejido histórico” del paciente. Pero ¿habría renunciado Freud a la idea de un “origen”, a la idea de que un signo podría remitir, vía interpretación, a una verdad que pudiera ir al lugar de la causa? ¿Abandona finalmente Freud la idea de una clínica psicoanalítica?
Acerquémonos a pensar en términos analíticos aquello de lo que se trata en la clínica: se trata de una“política semiótica”, basada en la noción clásica de signo de Charles Sanders Pierce: un signo es lo que representa algo para alguien (Le Gaufey, 2004). Un signo puede ser una señal de tránsito, el dibujo de una dama o de un caballero sobre una puerta, una estela de humo sobre un bosque visto desde una montaña, la parálisis de una pierna.
Esta concepción se sostiene en tres elementos: el signo, lo que este representa, y ese alguien que en modo alguno Pierce lo hace coincidir con una persona sino que lo denomina “interpretante”. La mirada clínica es la que no se deja engañar por el signo, y reconoce en él a su referente. Este referente guarda una relación estrecha con la realidad, es decir, la realidad de la lesión.
También Freud ha buscado, lo vemos en muchos de sus textos, ese núcleo de realidad que dé cuenta de un referente oculto que solo se muestra en el signo. Lo ha buscado de un modo no exento de contradicciones. Así lo podemos ver cuando aborda la denominada “escena primaria” en su texto “Historia de una neurosis infantil” (Freud, 1914). Dedica todo su esfuerzo a que el análisis del material muestre la realidad efectiva de esa escena, pues eso demostraría, por oposición a las consideraciones de  Jung, la existencia efectiva de la neurosis infantil.
En relación a algunas peculiaridades de su analizante dirá:“Exhorté al paciente a ejercer la crítica más severa sobre sus recuerdos, pero no halló nada de improbable en sus enunciados y los reafirmó” (Freud, 1914,p. 13)
Freud intenta hacer coincidir un referente oculto con algún elemento fundamental de su teoría.
Sin embargo es también Freud quién va a proponer, un poco a medias, un poco intuitivamente, que el análisis debe renunciar a esa pretensión, permitiéndose dudar de la necesaria referencia a una realidad de esas escenas, esas fantasías, esos pensamientos, esos sueños.
¿Qué son entonces estos entes extraños a los que Freud por momentos les resta realidad, quitándoles precisamente el pesado blasón de la clínica del signo?
Lacan los llamará significantes. Y soltará un aforismo que desde entonces se ha vuelto una vedette: “el significante es lo que representa un sujeto para otro significante”. Es necesario aclarar que en este régimen descansa la práctica analítica, en el régimen significante, en tanto que este último no significa nada (Lacan, 1977).
Lacan (1957-58) explica de un modo claro la manera en que actúa el significante con el ejemplo de la formación de la palabra “aterrado”. En un principio “a- terrado” significaba abatido (en la tierra),  y solo por una suerte de entrecruzamiento con la palabra “terror” (pues comparten terr) es que adquiere el significado que actualmente le damos, es decir “presa del miedo”. Pero a su vez la palabra “aterrado” continúa conservando algo de su antiguo sentido: el que está aterrado está abatido, cerca de la tierra. Se comprende como la articulación significante se da por el lado de las homonimias, los desplazamientos, las condensaciones, es decir por lo más carente de sentido.
Que un significante coagule en sentido solo se explica por una suerte de oxidación. El significante no remite a ninguna realidad, no es ninguna realidad, solo remite a lo diverso.

Clinicar.
El dieciséis de noviembre de 1976 Jacques Lacan comenzará a dictar en París uno de sus últimos seminarios frente a una multitud bulliciosa y heterogénea compuesta de discípulos y seguidores,  interesados en la moda y el saber actual, mendigos en búsqueda de amparo e incluso personas con miras a algún encuentro amoroso. Lo titulará “L´insu que sait de l´une-bévues´aile á mourre”.
Dictará tres clases de ese seminario en noviembre y diciembre de 1976, y el cinco de enero de 1977 dará una charla en Vincennes con el nombre de “Apertura de la sección clínica”. Será la última vez que se refiera de modo directo a la clínica.
Una diferencia de intensidad separa estos dos acontecimientos: al seminario lo anima un clima de bullicio y distención: hay mucha gente, el micrófono no funciona bien, la muchedumbre no entiende demasiado que hace Lacan cuando dibuja sus figuras topológicas, protesta. En ese clima, inaudito y casi inaudible, Lacan sentará las bases para pensar el nuevo lugar que la práctica analítica tendrá. La charla de Vincennes es apretada, rigurosa y divertida. Es un mapa de lo que va desarrollando en el seminario y de lo que desarrollará, pero un mapa apretado.
Allí Lacan conserva el término “clínica psicoanalítica” pero ¿qué nos dice de ella? Que tiene una base, “Es lo que se dice en un psicoanálisis”(Lacan, 1977, p. 77). Conciso, desafiante. No es ni lo que el analista dice ni lo que el analizante dice. Ni lo que dice el neurótico, ni lo que dice el loco.  Es lo que se dice.
Lacan (1977) dirá que es necesarioclinicar. Clinicar no es hacer clínica psicoanalítica.Habrá que acostarse, puesto que la clínica está ligada a la cama, al “dire –vent” que en francés suena similar a “diván” pero también a “decir-viento”. Se trata de las palabras que se vuelan, que no tienen un amarre inequívoco en la realidad, palabras aladas. No da igual que alguien esté acostado, sentado o de pie. Los seres parlantes hacemos muchas cosas acostados, en particular el amor.  Sin el amor esas palabras-viento se volarían hasta desaparecer (Lacan, 1977). El amor era para Freud el fundamento del análisis. La palabra no vale nada sin el eros, es humana en tanto erógena, lo que da supremacía a la transferencia por sobre la interpretación, y al amor por sobre el sentido. El amor, dirá Lacan, arrastra al hombre a todo tipo de declaraciones. La posición acostada le da al hombre la ilusión de que eso que se habla allí puede transformarse en un decir, o sea que tenga importancia decisiva en lo real. La práctica del análisis consiste en discernir estas cosas que importan y que tendrán lugar a partir de que se tome “conciencia” de ellas. Pero no se trata de la conciencia freudiana, la inconsciencia en la que el hombre permanece respecto a esas cosas que importan no tiene nada que ver con el inconsciente de Freud. Lacan ya ha traducido para el seminario que se encuentra dictando el “Unbewusste” (inconsciente) de Freud como “Une-bévue” en francés, es decir “un desliz” o “una equivocación”. Es una traducción como cualquier otra, pero que comporta algo más. Lacan lo manifiesta el dieciséis de noviembre de 1976 y lo reitera el cinco de enero del siguiente año: con ese “une-bévue” va a introducir algo que va más lejos que el inconsciente (Lacan, 1976-77). De hecho el seminario puede traducirse así “El fracaso del “une – bévue” es el amor”.
La “une-bevué” (la equivocación) pertenece al régimen significante, surge cuando alguien equivoca el significante, por oposición a la “política semiótica” de la clínica.
¿Qué es entonces el inconsciente? El inconsciente es el lugar desde el cual se portan los significantes que nos gobiernan. Es decir, aquellas palabras que cada uno ha escuchado, esas primeras palabras, esas palabras que no están hechas a la medida de la realidad pero configuran un inconsciente. Y de eso se trata pues el sujeto depende enteramente de la existencia de este Otro, hasta que pueda cuestionarla, es decir sentir su inexistencia en carne propia.

Intercambios.
En las preguntas y respuestas que cierran la charla de Vincennes del cinco de enero 1977, Jaques-Alain Miller tendrá una intervención importante en tanto que intenta reintroducir dentro del campo analítico el esquema clásico de la clínica médica. Lo plantea con una serie de preguntas:
¿La clínica de la neurosis y la clínica de la psicosis necesitan las mismas categorías, los mismos signos? ¿Una clínica de la psicosis puede, según usted, comenzar por una proposición como: “el significante representa el sujeto para otro significante”, con lo que resulta del objeto a? ¿S, a, S1, S2, esos términos son apropiados para la clínica del psicótico? (Lacan, 1977, p. 10)
La primera pregunta da por supuesta la existencia de dos clínicas basadas en un montaje nosográfico mínimo, binario. Lo da por sentado: hay dos al menos, neurosis y psicosis. Miller se pregunta ¿Qué pretende decir Lacan? ¿Qué los mismos términos valen tanto para una como para otra? ¿Qué no hay dos? sin este binarismo mínimo ¿qué hay? ¿Un monismo?
En su última pregunta Miller está nombrando las letras de los llamados “cuatro discursos”, esas formalizaciones que Lacan plantea en su seminario “El reverso del psicoanálisis” (Lacan, 1969-1970). Miller capta el mensaje que Lacan transmite: ya no se trata de una clínica de las estructuras sino del psicoanálisis como “práctica de discurso”.
Lacan le responde que sí: “En la paranoia, el significante representa un sujeto para otro significante” (p. 10).
La respuesta de Lacan barre el binarismo.
Miller sin quedarse satisfecho vuelve a preguntar “¿Y usted puede situar allí “fading”, objeto a…?”(p. 10). Lacan responde que si, a lo que Miller dice que eso debería ser demostrado y Lacan dice que en efecto tiene que ser mostrado, pero que no lo hará esa noche.
Para Lacan de lo que se tratará en el análisis como práctica es de situar las letras y los lugares de los “cuatro discursos”. Estos se ordenan por cuatro lugares: El agente, el otro, la verdad y la producción; y cuatro letras: S1 el significante amo, S2 el saber, a el plus de gozar y el S, sujeto dividido (Lacan, 1969-1970).
Volverá Lacan el once de enero de 1977, en su seminario, a traer lo formulado en el coloquio de Vincennes. Va a decir que en suma en esa charla hizo referencia al saber, al saber inconsciente en tanto se trata de efectos de significantes. El ser humano tiene que vérselas con ese saber y sale mal parado siempre. El discurso del amo es por ende un discurso imposible,el discurso de la mentira, del engaño, de la ignorancia respecto a las cosas que importan.¿Sabrán los analistas que hay otras posibilidades discursivas?

Conclusión
Se puede afirmar de modo fehaciente que hay una clínica psicoanalítica. Esta se sostiene, al igual que la clínica médica, en la teoría de la lesión. Se hermanacon los meollos en los cuales se encierra la psicología médica.
Allouch (2014) plantea:
La determinación del registro en que se inscribe alguien que habla no puede ser establecida sino sólo desde el punto de vista de su discurso. Ese rasgo distingue el análisis de todos los enfoques psicologizantes. Al expresar su rechazo a la psicología, Heidegger, Canguilhem, Foucault, Lacan y muchos otros volvieron a abrir la puerta que estuvo cerrada desde el momento en que la medicina psicológica pudo imponer ampliamente su tentativa “científica” de dominación sobre la locura (…) en su decir y en sus actos un sujeto atestigua la incidencia en él de una alteridad cuyo registro nada afirma que sea médico- psicológico (p. 43)

Considerar que la determinación del registro a partir del cual alguien habla solo puede darse a partir de los elementos inmanentes a su discurso, pareciera generar en algunos analistas una suerte de pánico. Temen que el psicoanálisis así planteado pierda direccionalidad.
Fendrick (2005) responde:

De allí la tendencia a suponer que la estructura no tendría falla en lugar de suponer que es necesariamente fallida (…) se olvida que la Ley opera en la estructura pulsional como una suplencia, ni tan ordenada, ni tan ordenadora, frente a la falta de significante para nombrar las diferencias sexuales. Olvidarlo, obviarlo, desconocerlo, o minimizarlo, impide reconocer la multiplicidad de las diferentes respuestas humanas y conduce a considerarlas “desvíos” en la que inevitablemente incide o ha incidido el análisis del analista. (p. 29)

¿Qué lugar darle entonces a un análisis que no pase por la lógica médica? Quizás el análisis ya no necesite el padrinazgo de una psiquiatría clásica. Hubo un tiempo en que los postulados del DSM y los del psicoanálisis no se alejaban tanto, al menos en sus nomenclaturas. Hubo un tiempo en que un Tratado de Psiquiatría podía intentar juntarlos, mezclarlos. Pero tal vez hoy esa lejanía se acentúa a un punto tan agudo que permite hacer de esa distancia un corte. Lacan veía venir, no sin un dejo de temor y de horror, ese efecto de su propia enseñanza. Testimonio de éste efecto es que los analistas que actualmente comandan su legado provienen en menor grado de la psiquiatríay de la psicología y con mayor frecuencia de la filosofía y las letras. Es entonces que filosofía, ética y terapéutica toman una nueva tonalidad en el interior del campo freudiano y son pensadas con una rigurosidad floreciente.
Esta rigurosidad nos conduce a tomar distanciade la noción de “clínica” luego de haberla examinado. Pues finalmente de lo que se trata es de saber, no de qué estamos enfermos, sino cómo lidiar con el sufrimiento que implica nuestro lugar de hablantes, y que Lacan escribió como goce del Otro.
La modificación de los modos mediante los cuales se sufre y se goza pasan, en el análisis, por el reconocimiento de la inexistencia del Otro. Las condiciones a partir de las cuales alguien accederá a registrar en carne propia la inexistencia del Otro, ese más allá del inconsciente al que antes hacíamos alusión, solo puede ser determinado a partir de lo que “se diga” (palabra más eros). No puede ser codificado a partir de términos extranjeros al territorio de la palabra y del goce.
Pues entonces, si de lo que se trata es del reconocimiento de la inexistencia del Otro, ésta “talking cure” (tal fue el nombre que le diera Ana O., acaso el más acertado hasta ahora) es en definitiva un duelo, y no en el sentido freudiano del término, sino en sentido lacaniano: hay que sentir en la piel que el Otro está muerto, bien muerto, y entonces el duelo implicará también ceder algo, que algo se vaya con ese enorme ataúd.
   Según la versión extendida del duelo para Allouch, harto simplificada aquí, es necesario que el doliente, para realizar efectivamente el duelo, pueda dejar que se pierda con el muerto, un trozo de sí mismo. La muerte física de un cuerpo  no señala su muerte, solo su desaparición. La muerte segunda solo sobreviene cuando se han borrado todos los restos que le subsistieron, cuando en la tumba se borre el nombre, se cubra de polvo, se desgrane. Hipótesis de la segunda muerte que recorrerá algunos libros de Allouch, y que parte de la idea lacaniana del entre-dos-muertes; entre la primera y la segunda muerte lo que queda es un fantasma (un espectro).

El psicoanálisis es una práctica para el duelo, pero es también una práctica que está de duelo, y como bien sabemos, hasta que no se pierda algo no estará libre de presencias.


Referencias.
1.    Allouch, J. (2014). Schreber teólogo. La injerencia divina II. Buenos aires. El cuenco de plata.
2.      Allouch, J. (1993). Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar. Buenos aires: Edelp S.A.
3.    Fendrick (2005). Psicoanalistas de niños. La verdadera historia. Buenos Aires: Letra Viva.

4.    Foucault, M. (1963). El nacimiento de la clínica. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.
5.       Foucault, M. (1982). La hermenéutica del sujeto. La plata Argentina: Altamira.
6.    Freud, S. (1914). De la historia de una neurosis infantil. En S. Freud, Obras completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 2004.
7.     Lacan, J. (1977). Apertura de la sección clínica. Recuperado el 2 de junio de 2015, de http://www.con-versiones.com.ar/nota0608.htm.
8.   Lacan, J. (1976-1977). El fracaso del Un-desliz es el amor. Buenos Aires: Artefactos.
9.     Lacan, J. (1969 -1970).Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis. Buenos aires: Paidós.
10.        Lacan, J. (1957-1958). Seminario V: Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós.
11.       Le Gaufey, G. (2004). “¿Es el analista un clínico?” en Revista Opacidades N° 3. Buenos Aires: Cernedor.
12.   Machado Romero, S. (2008). “Pre-juicios a la hora de pensar la nueva psicopatología psiquiátrica” en Revista de la Asociación española de neuropsiquiatría v.28 n.2. Madrid.
13.      Mordoh, E. y otros.(2007). “Algunas precisiones sobre el proceso diagnóstico en psicoanálisis” enAnuario de investigaciones. v.14. Buenos Aires: Uba.



 
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